Friday, December 05, 2008

Leí un artículo en Sport.es y me parece que en poquísimas letras describe una realidad que todos los aficionados del F.C. Barcelona hemos vivido.... El sentimiento trágico del culé... y a mi me sucede exactamente esa sensación ante el espectáculo de juego que está dando este Barça es asombroso... pero a la vez me pregunto: ¿donde está la trampa?... y siento que me digo: demasiado bonito para ser verdad.

El artículo es el siguiente, el original está aquí

El sentimiento trágico del culé

Santi Giménez

Las costumbres no sirven para nada, excepto para recordarte dónde vives. Por ejemplo, si en una mesa hay un pollo a l’ast, gente con chándal, bicicletas en la puerta y es domingo, estás, sin duda, en Barcelona.

Si son las nueve de la mañana y alguien pide unas porras para desayunar y se las sirve un camarero con gomina, ha amanecido en Madrid. Y si en un campo de fútbol el equipo local, además de ser líder en todo, juega de cine, tiene al mejor jugador del mundo en sus filas, golea a quien se le ponga por delante mientras el eterno rival se cruje a lesiones y aun así las gradas del estadio están medio vacías y nadie parece feliz, es que, indefectiblemente, estamos hablando del FC Barcelona. El Barça conlleva un sentimiento trágico de la vida que dejaría temblando a cualquier existencialista. Sartre, al lado de un culé, sería la alegría de la fiesta.

La afición del Barça anda estos días mirándose unos a otros con cara de pánico preguntándose “¿qué nos va a pasar?”. Porque para el culé, lo de esta temporada es demasiado bonito para ser verdad y busca dónde está la trampa.


Este sentimiento de fatalidad no es extraño en una afición educada en las bofetadas más crueles del destino. Gente que vio cómo su equipo disparaba cuatro veces a los palos en la final de Berna, la única en la que un portero (el del Barça, naturalmente) se marcó un gol en propia puerta. Aficionados que cuando tocaban la Liga vieron cómo tres pelagatos secuestraban a Quini y lo metían 24 días en un taller. Por no hablar de la final de Sevilla, de la lesión de Schuster o la de Maradona. Pero ese miedo, me sirve para ubicarme. Me dice que sigo aquí, en casa. Aunque no vaya en bicicleta ni tenga un triste chándal de domingo.

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